Hubo un primer viaje para reunirse con la Asamblea de las islas, los militares, la radio, el diario… todos querían saber qué se proponía la Fundación Rugby Sin Fronteras. Y la respuesta era simple: vivir el rugby y plantar su semilla en Malvinas. Demostrar que el deporte une y que el rugby va más allá de cuestiones políticas e ideológicas.
Muchos preparativos siguieron a la aprobación de la realización del sueño. Había que encontrar a hombres amantes del rugby que fuesen capaces de estar a la altura de las circunstancias, ya que era la primera vez que una delegación deportiva argentina viajaba a Malvinas. Y esos hombres, además, debían realizar un sacrificio enorme para dejar durante diez días a sus familias, trabajo, poner mucho dinero para costear la aventura…
Finalmente, 34 fueron los elegidos. De distintas partes del país, de diferentes edades, profesiones y trayectoria dentro del planeta ovalado. Desde grandes Pumas hasta jugadores que apenas pisaron una cancha durante seis meses. Pero todos con el mismo amor y compromiso desinteresado por el rugby.
Casi ninguno de los integrantes de la delegación se conocía, pero en pocas horas se hicieron amigos íntimos. Claro, compartiendo valores y una misma idea es fácil congeniar con alguien pese a recién conocerlo.
Algunos contratiempos entre el primer viaje y la llegada de la delegación no detuvieron esta utopía, y al igual que en una cancha, todos se pusieron a empujar más fuerte para sacar este sueño adelante.
Llegar y vivir en Malvinas fue intenso. Seguramente mucho más de lo esperado. Esa ronda de respeto, pasión y lágrimas del 13 de diciembre quedará marcada a fuego para los 34 hombres que la vivieron. Después vino un partido cargado de emotividad, pasión, respeto y buen juego. Que terminó muy pronto y que dejó a todos con ganas de más.
Durante toda esa semana, en las islas se respiró rugby. Muchos chicos se acercaron a la cancha a la salida del colegio y vieron por primera vez una pelota ovalada, que se pasa con las manos y para atrás, pero con la que se va siempre para adelante. Día tras día, los chicos (hubo algunas chicas que también se animaron) iban asimilando cada vez más lo que se les trataba de enseñar, sobre todo el respeto por el que habla, la unión del grupo, el trabajo en equipo. Y el jugar al rugby, claro.
Hubo otro partido el jueves 17, esta vez compartiendo la cancha con militares ingleses que sabían de qué se trataba y con algunos habitantes de las islas, valientes para dar sus primeros pasos con la ovalada. Y el tercer tiempo fue la muestra cabal de la satisfacción por la tarea cumplida: visitantes, niños, locales, padres y madres se reunieron para celebrar todos juntos este nuevo vínculo deportivo y de amistad que se había formado.
El deporte todo lo puede, sobre todo cuando está cargado de valores como nuestro querido rugby, y mucho más cuando hay gente que se compromete a transmitirlos sin esperar nada más que la sonrisa de un chico a cambio. Porque ésa es la esencia de este juego.
Fue plantada la semilla del rugby. La de su espíritu y la del juego. Con el tiempo, seguramente, se verán sus frutos…
Vaya el agradecimiento eterno a los 34 amigos sin fronteras que se sumaron a esta aventura, a quienes pusieron el hombro pero no viajaron (de manera física, porque estuvieron siempre presentes en los corazones de todos), y a las empresas que creyeron y apoyaron este sueño, haciéndolo posible.
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